Bienvenido a mi corazón, por favor, no rompas nada. Y recuerda: SE VALIENTE.


Grita. Chilla. Ríete. Salta. Sonríe. Baila. Canta. Enloquece. Enamórate. Equivócate. Levántate. Lucha. Juega. Gana. Sobrevive. Besa. REVÉLATE.

martes, 1 de noviembre de 2016

Sempiterno

SEMPITERNO: se dice de algo que teniendo un principio, parece no tener fin y prolongarse para toda la eternidad. 

Qué palabra más bonita, ¿no creéis? Y lo mejor, lo que la hace tan mágica, es que muy pocas personas sepan de su existencia. Hay que admitir que su escritura no es excesivamente bonita y eso hace que mucha gente se eche para atrás cuando la escucha, pero si indagas en su significado, si vas más allá y superas la superficialidad, la sorpresa que obtienes es inconmensurable. Creo que es un poco metáfora de la vida y del mundo en general. Cuantísimos libros quedan sin ser leídos por estar representados por una portada que no llama la atención. Cuantas películas no llegan a las carteleras de nuestros cines porque su título no es lo que se conoce como "atrayente comercial". Cuantas personas son apartadas por la sociedad porque no encajan con la idea que se tiene de "normalidad"... Hay muy pocos valientes con el corazón de oro que se atrevan a adentrarse en lo desconocido pero esos son los que de verdad merecen la pena. 

Esto parece un árbol porque me estoy escabullendo, subiendo y enredándome por las intrínsecas ramas. Quizá, porque en el fondo, no quiero hablar de lo que he venido a contar. Como he dicho, sempiterno es una palabra con un fondo maravilloso. Pero siempre y cuando se asimile o relacione con algo bonito. El problema y el tema de esta entrada no tratan de eso. Trata de lo que ocurre cuando lo asimilas con algo tan triste como el vacío.

No sé muy bien cuando comenzó todo: el no quererme a mí misma, el sentirme sola a todas horas, el desconocer quién soy y cuál es mi papel, el callarme las palabras y tragarme las lágrimas, el ver el mundo como si de una película se tratase mientras yo no formo parte de ella, el lamentar no importar nada a nadie, el miedo a no encontrar(te)me, el desastre de cabeza y corazón. Desconozco el origen pero, no obstante, sí me percaté del preciso instante en el que todo pareció explotar y alcanzar su mayor auge: cuando te perdí,

Y me repiten una y otra vez que no tengo razón, que yo no te perdí, que me perdiste tú a mí. Ingenuos, nunca podréis hacer que cambie mi veredicto. Aclarar que esto no es por ti, no creas que eres tan importante. Sino por lo que significó perderte. Imaginad una casa en construcción: antes aquello no era nada, terreno seco, terreno vacío y sin vida. Y entonces, con una ayuda nueva y externa que se empeña en creer que puedes brillar, empiezan a asomar unos pequeños y tímidos cimientos. Inseguros. Débiles. Pero con ganas de convertirse en algo realmente grande. Parece que la cosa funciona, que los pisos están seguros, que empiezas a creer sus palabras y en ti misma y calculas que, por mucho que el lobo sople, los tres cerditos han hecho un buen trabajo. Y entonces, cuanta más confianza emanas y más alto quieres llegar, el mismo que te ayudó a volar te obliga a caer al suelo dejando que las astillas duelan como nada lo había hecho jamás. ¿Cómo puede esa casa volver a resurgir? Ni si quiera es algo que me planteo.

Ingenuos otra vez todo aquellos que me habéis gritado, suplicado y rogado que me quiera a mí misma. Sois los mismos que me habéis hecho perder la fe en lo poco bueno que empezaba a ver en mí.

Maldito vacío que me comes por dentro, ¿acaso no tienes otras casas de las que alimentarte? No cumplas con la condición de ser sempiterno. 

No te quiero en mi vida pero parece que no he conocido otra cosa que no sea vivir contigo dentro.


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